A veces, el espejo no refleja lo que realmente somos. Para muchas personas, mirarse al espejo puede convertirse en una experiencia angustiante, llena de juicios, inseguridades y rechazo. La dismorfia corporal es un trastorno que distorsiona la percepción que alguien tiene de su propio cuerpo, llevándolo a creer que hay defectos graves en su apariencia, aunque los demás no los vean o ni siquiera existan. Imagina mirarte al espejo y no ver lo que realmente está ahí, sino una versión distorsionada, exagerada, incluso aterradora de ti mismo. Eso es lo que viven muchas personas con este problema: una preocupación obsesiva por algún aspecto de su cuerpo que, en la mayoría de los casos, no tiene nada de anormal. Cualquier parte del cuerpo puede convertirse en el centro de una angustia constante. Esta preocupación no es superficial ni pasajera, sino una obsesión que puede ocupar horas del día, afectar la autoestima y condicionar la forma en que se vive, se come, se relaciona y se siente.
En Psica Nutrición, entendemos que el cuerpo no es solo una estructura física, sino también un espacio emocional. No es raro que quienes sufren dismorfia corporal también tengan conductas alimentarias desordenadas, como dietas extremas, atracones o evitación de ciertos alimentos, todo con el objetivo de “arreglar” ese defecto que perciben. Pero el problema no está en el cuerpo, sino en cómo se interpreta. El cerebro de una persona con dismorfia corporal procesa la imagen corporal de forma diferente: se enfoca en los detalles, exagera las imperfecciones y activa zonas relacionadas con la ansiedad y el miedo. Es como si el sistema de alarma emocional estuviera siempre encendido, cada vez que se ven reflejados o se comparan con otros.
Las consecuencias pueden ser muy duras. A nivel emocional, hay una carga constante de vergüenza, inseguridad y tristeza. A nivel social, muchas personas se aíslan, evitan salir, relacionarse o incluso trabajar, por miedo a ser juzgadas. Y a nivel físico, pueden someterse a procedimientos estéticos innecesarios o peligrosos, sin que eso alivie el malestar. Porque el problema no desaparece al cambiar el cuerpo, sino al cambiar la forma en que se percibe.
Un grupo al que le afecta este desajuste son las personas que padecen TCA como anorexia, bulimia o trastorno por atracón, estos suelen tener una imagen corporal alterada, pero cuando esta distorsión alcanza niveles obsesivos, hablamos de dismorfia corporal. En estos casos, el foco no está solo en el peso o la delgadez, sino en una parte específica del cuerpo que se percibe como defectuosa, aunque no lo sea en realidad. Esta percepción errónea genera una angustia constante que se traduce en conductas alimentarias extremas: restricción, purgas, atracones o ejercicio compulsivo. La relación entre ambos trastornos es bidireccional. La dismorfia corporal puede ser el punto de partida de un TCA, al generar una necesidad urgente de modificar el cuerpo para aliviar el malestar. Pero también puede aparecer como consecuencia de un TCA, cuando la obsesión por el control del peso deriva en una fijación por partes concretas del cuerpo. En ambos casos, el sufrimiento emocional es profundo y persistente.
A nivel psicológico, esta combinación potencia la baja autoestima, la ansiedad y la depresión. El cuerpo se convierte en un enemigo, y la comida en una herramienta de castigo o control. Las personas pueden pasar horas frente al espejo, comparándose con otros, evitando situaciones sociales o buscando procedimientos estéticos que nunca satisfacen. Todo esto refuerza el ciclo de insatisfacción y autocrítica.
Por eso, el abordaje desde la psiconutrición es tan valioso. No se trata solo de mejorar la alimentación, sino de sanar la relación con el cuerpo, con la comida y con uno mismo. A través de la terapia, el acompañamiento emocional y el trabajo con la imagen corporal, es posible reconstruir una mirada más amable, más realista y más compasiva. Porque todos merecemos sentirnos bien en nuestra piel, sin que el espejo se convierta en un enemigo.

